Jesús C. Guillén: “No podemos separar lo emocional de lo cognitivo”

Neuroeducador, profesor de posgrado, máster y diplomatura.

El cerebro humano es un órgano con una enorme plasticidad, que se reorganiza continuamente a nivel funcional y estructural. Para exprimir sus posibilidades entre los más jóvenes es fundamental, según afirma el neuroeducador Jesús C. Guillén, que tanto padres como profesores cuiden, con especial atención, la cuestión emocional. “No podemos separar lo emocional de lo cognitivo, porque todo está impregnado de emociones”, asegura Guillén.

La neurociencia ha constatado, en los últimos años, que “los climas emocionales positivos son imprescindibles para el aprendizaje”. Para conseguir que el alumnado desarrolle una “mentalidad de crecimiento” es necesario, pues, que el rol del profesor vaya más allá de la identificación y corrección de errores, que tradicionalmente se ha asociado al bolígrafo rojo. “Es muy importante potenciar, mediante un lenguaje positivo, las fortalezas de cada alumno”, declara Guillén. La educación, para él, debe tener un carácter holístico, es decir, debe “transcender lo cognitivo y atender las necesidades físicas, sociales y emocionales de los niños y adolescentes”, porque todos estos factores influyen en el desarrollo de la actividad cerebral.

Guillén también se muestra convencido de que “el alumnado aprende mejor cuando se siente protagonista, y no un receptor pasivo, del proceso de aprendizaje”. “Las investigaciones demuestran, simplemente, aquello que los buenos profesores ya sabían de antemano, y es que la motivación es clave para un mejor aprendizaje”, manifiesta. Para captar la atención de los alumnos y activar su memoria es necesario emocionarlos previamente. Es por este motivo que escuchar, conocer y empatizar son verbos básicos en el desempeño de las tareas de cualquier profesor. “Al final, el maestro también tiene que convertirse, en cierto modo, en un estudiante, es decir, en un analista de sus propios métodos”, concluye Guillén, que también defiende la atención y avaluación individualizadas.

Otro de los retos pedagógicos que este neuroeducador remarca trata sobre la eficiencia. Guillén es partidario de desarrollar una educación para la vida. “Los mayores hemos estudiado un montón de cosas que no tienen ninguna relevancia en nuestra vida cotidiana”, manifiesta, en este sentido. Guillén apuesta por un “aprendizaje eficiente, que vincule los conocimientos a las situaciones reales”. Según Guillén, en la educación “ha predominado la solución única, mientras que cuando intentamos resolver un problema real suele haber múltiples formas de afrontarlo”. En consecuencia, ligar más a menudo los conocimientos curriculares con la vida práctica acerca los jóvenes a la gestión de la complejidad.

Con el propósito de facilitar las “rutinas de pensamiento” entre el alumnado, Guillén también aconseja el uso pedagógico de la metacognición, es decir, de la reflexión sobre el propio aprendizaje, mediante herramientas como por ejemplo cuestionarios en los que se haga razonar a los estudiantes sobre, entre otras cuestiones, los conocimientos consolidados y los que le faltan por consolidar.

En síntesis, para alcanzar una educación eficiente, que saque el mayor provecho posible de las capacidades humanas, es indispensable poner el alumnado en el centro del foco de atención y acompañar el proceso educativo de un trabajo emocional. “Los buenos proyectos que educan emocionalmente no solamente mejoran competencias en este ámbito, como la empatía, la resiliencia, el carácter cooperativo y el autocontrol, sino que también inciden positivamente en la mejora del rendimiento académico”, concluye Guillén. De sus declaraciones se puede extraer la idea de una escuela con cerebro y corazón, dos elementos que Guillén pone al servicio de un alumnado mejor preparado para hacer frente a los desafíos vitales del presente y el futuro.

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