7 pasos para detectar la dislexia

La dislexia es un trastorno específico del aprendizaje de la lectura, de origen neurobiológico, crónico y con un componente hereditario significativo. Es decir, perdura durante toda la vida, si bien es en la etapa escolar donde el impacto es mayor. Estudios en lengua inglesa estiman su prevalencia aproximadamente en un 10% de la población. Si bien en los años 80 se establecían diferentes tipos de dislexia, las investigaciones actuales reafirman y concluyen que el origen es una afectación del procesamiento fonológico, es decir, el niño tiene muchas dificultades en asociar el sonido con la letra que le corresponde, desencadenando errores al leer y al escribir. Los primeros síntomas se detectan ya en etapa infantil, si bien se diagnostica una vez finalizado 2º de primaria. Ello no significa, que debamos esperar para intervenir hasta tener un diagnóstico, sino que la intervención debe ser lo más pronta posible, una vez detectadas las dificultades en conciencia fonológica.

La detección precoz, por tanto, es esencial tanto para la reducción de la gravedad del trastorno como para evitar las consecuencias emocionales que comporta tener una dificultad de aprendizaje en un área que es tan esencial a nivel académico. Así mismo, el desconocimiento de lo que les pasa como niños, afecta directamente su autoestima y deteriora su estado anímico de forma progresiva, interfiere en la interacción con otros niños y su sensación de incapacidad es mayor cuanto más tardemos en detectarlo. No hay persona con dislexia que no haya pensado que la causade su problema de aprendizaje era su baja inteligencia, creencia totalmente errónea pero que les determina su relación con el mundo. Detrás de muchos fracasos escolares y vitales podemos encontrar un trastorno de aprendizaje no detectado.

Ante esta necesidad de respuesta inmediata a las necesidades de un niño con dislexia nos preguntamos ¿cómo la podemos detectar? Aquí se exponen 7 indicadores que nos pueden hacer sospechar que nuestro hijo/alumno presenta este tipo de dificultad:

1. Buena capacidad intelectual

El primer indicador es que el niño muestra un desarrollo normal y una inteligencia propia de su edad, pero que tiene una dificultad muy importante para aprender a leer y a escribir, en contraposición a otros aprendizajes generales y vitales, que ha integrado sin dificultad. Nos extraña que le cueste tanto este aprendizaje y que manifieste tanto malestar a la hora de enfrentarse a las letras y los textos.

2. Dificultades en el área de lectura

El primer signo lo encontramos en etapa infantil, cuando el niño empieza a jugar con los sonidos, las sílabas y las palabras (a través de rimas, ritmos, desglose en sílabas por ejemplo, todo a nivel oral) y luego a asociar esos sonidos con las letras que le corresponden, integrando ya la grafía. Esta dificultad en la conciencia fonológica desencadena en el desarrollo del aprendizaje de la lectura múltiples errores como omisiones de letra (no lectura), sustituciones de letra (cambio) adiciones (añadir letras), Inversiones (leer /al/ en vez de /la/), rotaciones (leer /b/ en vez de /d/). La lectura no es fluida, muchas veces silábica (en edad no inicial), es vacilante, con repeticiones, la velocidad es baja y tiene dificultades para comprender lo que ha leído.

3. Dificultades en el área de escritura

Esta dificultad en la conciencia fonológica también desencadena errores en la escritura. Omite, sustituye, hace adiciones, invierte rota, une y fragmenta palabras, etc. También tiene mucha dificultad para integrar la norma ortográfica y suele cometer errores de cambios de consonantes que suenan igual (/g/, /j/, /y/, /ll/, etc.), omite los acentos y los signos de puntuación, así como las mayúsculas. Le cuesta expresar sus ideas por escrito, negocia las líneas que tiene que tener un texto, y suelen tener tendencia a enumerar ideas con una pobre sintaxis. La letra a veces puede estar afectada, sobre todo en el trazo ligado que precisa más dominio de coordinación que la letra mayúscula.

4. Pensamiento con predominio visual

Un niño con dislexia suele tener un pensamiento de claro predominio visual por encima del lingüístico, integrando mucho mejor la información a través de las imágenes que a través de las palabras. Aprende de forma más satisfactoria con estrategias y técnicas de estudio que reduzcan el contenido verbal y se apoyen en lo visual, tales como mapas mentales, mapas conceptuales, esquemas, fichas. Tienen dificultades para hacer resúmenes y sintetizar ideas, discerniendo lo principal de lo secundario.

5. Dificultades en funciones ejecutivas

Además de las dificultades lectoras y escritoras un niño con dislexia suele tener dificultades de acceso al léxico (encontrar palabras por ejemplo que empiecen por una letra determinada) o presenta un vocabulario más bajo de lo esperable, dificultades en la secuenciación (por ejemplo, aprender tablas de multiplicar, días de la semana, horas del reloj), en la planificación y organización de tareas y suelen ser desordenados. Tienen muy buena memoria a largo plazo, pero baja memoria de trabajo, pudiendo presentar olvidos de información fácilmente. Pueden tener baja flexibilidad y dificultades para adaptarse a los cambios.

6. Dificultades de lenguaje y/o motrices y/o atencionales

Dado que la dislexia es un trastorno de neurodesarrollo con bases cognitivas compartidas con otros, podrían presentar asociada a esta dificultad problemas de lenguaje oral importantes (tanto expresivos como comprensivos, que nos harían sospechar de la presencia de un trastorno del lenguaje primario), dificultades en motricidad fina y gruesa y en la coordinación de movimientos y equilibrio (dispraxia) y/o problemas atencionales significativos que van más allá al simple hecho de enfrentarse a material escrito, con facilidad para distraerse, dificultades para seguir órdenes complejas, para mantener la atención sostenida en un periodo de tiempo, malestar ante el esfuerzo mental o en la atención a detalles y la concentración (déficit atencional).

7. Afectación emocional y/o comportamental

Cualquier niño con dislexia, presenta afectación emocional secundaria al estrés vivencial que supone enfrentarse de forma continuada con tareas donde se pone en evidencia su problema de aprendizaje. El desconocimiento de los que les pasa, hace que lo achaquen a la inteligencia, se sienten inferiores a los iguales, mermando autoestima y generando problemas emocionales como ansiedad, depresión, trastornos de conducta, problemas alimentarios y de sueño, somatizaciones (malestar físico fruto de la tensión psíquica), etc. Suele estar irritable, fácilmente pierde el control o llora, se repliega en sí mismo o dejan de comunicarse y cuando lo hace frecuentemente explota. Para evitar esta angustia pueden mostrar mecanismos de evitación, como no querer hacer las tareas, esconder información e incluso mentir ante notas y deberes, para salvaguardar su estado emocional y no confirmar su sospecha “soy tonto”. 

Por tanto, si tienes cerca un niño que presente un importante número de síntomas, informa a la escuela y busca un especialista en neurodesarrollo que descarte o diagnostique la dislexia. Es esencial la detección precoz para la compensación de su aprendizaje y para evitar secuelas emocionales que, en muchos casos, acaban perdurando y afectando hasta la edad adulta.

Helena Alvarado es psicóloga, pedagoga terapeuta y logopeda habilitada y profesora de dificultades específicas de aprendizaje en la Universidad de las Islas Baleares.  

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