Mar Romera: “La escucha es la gran herramienta de la educación”

Pedagoga, psicopedagoga especializada en Inteligencia emocional y presidenta de la Asociación Pedagógica Francesco Tonucci.

Mar Romera se muestra convencida de que lo importante en la vida “no es dejar un mundo mejor para nuestros hijos”, sino “hijos mejores para este mundo”. Sus opiniones sobre educación, inteligencia emocional y felicidad no dejan indiferente a nadie. La entrevistamos después de que unas 300 personas hayan escuchado, con una atención y participación extraordinarias, su sugestiva intervención en el Col·legi d’Odontòlegs de Barcelona.

En primer lugar, Romera nos sorprende afirmando que “a la escuela no le faltan cosas, sino que le sobran”. Parafraseando a Francesco Tonucci, asegura que “no necesitamos buenas leyes, sino buenos docentes”. “En el sistema educativo actual abundan los aspectos colaterales —tecnologías, lenguas, etc.— y escasea lo esencial”, añade. Ella considera que lo único que urge son “docentes honestos, generosos, cultos, optimistas, respetuosos y amantes de su profesión.

Entre los requisitos fundamentales del profesor virtuoso, Romera destaca la capacidad de escuchar: “Un buen profesor es un buen comunicador, y, curiosamente, el buen comunicador es aquél que sabe escuchar”. Según Romera, la escucha “es la gran herramienta de la educación, porque, como dice José Antonio Fernández Bravo, es necesario ‘enseñar desde el cerebro del que aprende y no desde el cerebro del que enseña’”. Es decir, tan solo si conocemos al niño que tenemos delante, es decir, si atendemos a sus necesidades, podremos acompañarlo debidamente.

Para Romera, el aprendizaje emocional es fundamental, y se tiene que cuidar más allá de las aulas. Como anuncia el título de uno de sus libros más celebrados, la familia es la primera escuela de las emociones. En este sentido, Romera reconoce que en algunos hogares se confunde instrucción y educación, y se concluye, erróneamente, que se deben delegar todas las responsabilidades al colegio: “La instrucción habla de reglas normas, disciplinas, de un constructo cultural, en definitiva, que la sociedad debe transmitir para garantizar su pervivencia; la educación, en cambio, es algo distinto, que empieza en la familia, porque trata del desarrollo integral de la persona”.

En este sentido, Romera advierte a todos los educadores de la importancia de ser coherentes con aquello que predican, porque “los niños aprenden lo que somos los mayores, no lo que les contamos”. En consecuencia, si queremos, por ejemplo, que nuestros hijos o alumnos trabajen en equipo, ellos primero tendrán que comprobar que nosotros hacemos lo mismo, que damos ejemplo. No se vale a decir una cosa y llevar a cabo otra.

Otro eje básico para educar, según Romera, está constituido por el amor. De hecho, la propuesta pedagógica de esta especialista gira alrededor de tres palabras que empiezan por la letra ce: capacidades, competencias y corazón. Romera defiende la importancia del último término enumerado: “Para que nuestro cerebro aprenda tiene que ubicarse en la admiración, que no es otra cosa que amor. Dice Francisco Mora, neurocientífico, que solamente se aprende aquello que se ama”. El niño, para que aprenda, explica Romera, debe sentirse admirado, porque es entonces “cuando está en condiciones de arriesgar. A su vez, el riesgo es lo que permite el error, que es, en definitiva, la fuente principal del aprendizaje”.

En una sociedad que habla obsesivamente y en términos banales del éxito, Romera reivindica los efectos positivos del error. “Tu error me puede poner triste, me puede enfadar, puedo estar en desacuerdo contigo, pero te sigo queriendo, y por lo tanto volveremos a empezar una y otra vez, y esto creará la seguridad de que iremos puliendo detalles y cada día será un poco mejor que el anterior”.

Terminamos la conversación con Mar Romera del mismo modo que la empezamos: desmontando tópicos. Romera denuncia la promoción de “la felicidad permanente” y la instrumentalización de este concepto para controlar a la sociedad actual. “Nos han llevado al extremo, a la esquizofrenia de la felicidad”, advierte. “Antes de poder elegir, en la mayoría de las ocasiones, la plataforma emocional desde la que actuar para controlar nuestros pensamientos y mejorar nuestra calidad de vida, primero tenemos que vivir todas las emociones, conocerlas, alfabetizarnos emocionalmente”. En esta y en otras cuestiones, Romera nos enseña que cada uno de nosotros debe completar su propio camino y elaborar su propio discurso. Sus reflexiones y su impronta personal nos pueden servir, sin duda, para fortalecer nuestro espíritu crítico, así como para buscar nuestro propio sendero.

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